Cultivar hongos, una alternativa en Chiapas

Se trata de una alternativa sustentable. CP
Se trata de una alternativa sustentable. CP

Los doctores Arely Bautista Gálvez, Epifania Lozano López y Jorge Alejandro Velasco Trejo, integrantes del Cuerpo Académico Biodiversidad y Desarrollo Sustentable de la Facultad Maya de Estudios Agropecuarios en Catazajá, han diseñado metodologías para convertir el cultivo de hongos en un instrumento biotecnológico, flexible y altamente rentable, tratando de evadir los riesgos por intoxicación.

En entrevista, señalaron que, en la carrera urgente por asegurar la soberanía alimentaria y frenar el colapso ecológico, la ciencia ha comenzado a mirar hacia el suelo, descubriendo que los desintegradores número uno del planeta resguardan el secreto de una revolución biotecnológica.

Los hongos comestibles no son plantas ni animales; pertenecen a un reino biológico único que posee la asombrosa capacidad de transformar desechos agrícolas fibrosos en superalimentos con perfiles nutricionales que desafían a la industria cárnica.

Mientras que el contenido de niacina (vitamina B3) de estos organismos supera de cinco a diez veces al de las verduras comunes, el hongo seta de oreja blanca (Pleurotus) provee absolutamente todos los aminoácidos esenciales que el cuerpo humano requiere para subsistir.

Reto

Ante este escenario, la investigación científica plantea una ruta obligada: ¿Cómo transformar la riqueza micológica y edafoclimática del Sureste mexicano en un modelo de producción autónomo que fortalezca la economía de las comunidades rurales desde sus propios hogares?

Es posible cosechar y multiplicar el producto. En las comunidades de Chiapas y Tabasco, la diversidad de estos organismos se encuentra íntimamente ligada a las lenguas originarias. Por ejemplo, el hongo Auricularia auricula-judae es nombrado popularmente en español como “oreja de ratón” o “oreja de zorro”, mientras que en el dialecto Ch’ol se le denomina formalmente como “Chikiñ Uch”.

Estos organismos crecen de manera silvestre sobre troncos en descomposición, alimentándose de la materia orgánica gracias a su naturaleza saprófita, lo que los convierte en candidatos idóneos para el cultivo controlado utilizando subproductos de la agroindustria local.

Hongo fulminante

A pesar de los beneficios económicos, los autores del paper advierten que la recolección silvestre sin base científica implica riesgos mortales debido a la existencia de especies con toxinas letales.

Identificar un hongo comestible requiere de un análisis taxonómico riguroso de sus estructuras anatómicas: el píleo (sombrero), el himenio (la zona fértil bajo el sombrero donde se alojan las laminillas), el estípite (pie o tallo), el anillo (membrana en el tallo) y la volva (base en forma de taza).

El margen de error con ciertas especies es inexistente. Un ejemplo crítico es la Amanita virosa (conocida como el ángel destructor); la ingesta de tan solo dos centímetros cuadrados de este hongo es suficiente para desencadenar un cuadro de envenenamiento citotóxico fulminante. Las toxinas destruyen de forma irreversible las células hepáticas y renales, provocando vómitos, hemorragias intensas, convulsiones y la muerte.