La tragedia de un feminicidio no termina con la muerte de la mujer, desencadena problemas e inestabilidad dentro del núcleo familiar, a menudo los hijos e hijas de las víctimas son los más vulnerables y también los más ignorados por las instituciones.
A diferencia de un duelo por causas naturales, la orfandad derivada de la violencia de género implica una fractura abrupta, cargada de confusión y desprotección.
En muchos casos, el agresor forma parte del círculo cercano, lo que añade una capa adicional de complejidad al daño emocional de los menores.
De acuerdo con la psicóloga Norma Angélica Meléndez, la pérdida de la madre en estas circunstancias arranca de tajo la base de seguridad del niño y lo expone a trastornos como estrés postraumático, ansiedad generalizada o depresión profunda.
Salud mental
Sin una intervención especializada, dijo que existe el riesgo de que estos menores normalicen la violencia en etapas posteriores de su vida.
También señaló que el sistema judicial y social suele revictimizar a los hijos e hijas pues son desplazados de sus hogares, separados de sus hermanos y colocados bajo el cuidado de familiares que aunque son cercanos también transitan un duelo traumático sin herramientas suficientes para contener el dolor infantil.
La ausencia de protocolos específicos para estos casos ignora sus necesidades emocionales ante la frialdad de los procesos legales.
Para la psicóloga, es indispensable que el Estado garantice no solo justicia penal, sino también acceso a salud mental y educación que permitan a estos niños reconstruir su identidad más allá de la tragedia.
Atender la orfandad por feminicidio es una medida de prevención social, un intento por evitar que el vacío dejado por la madre se convierta en un ciclo de vulnerabilidad que se herede a las nuevas generaciones.












