La Línea Base Nacional sobre Degradación de Tierras y Desertificación estima que el 56.7 % del territorio mexicano presenta algún grado de degradación. De manera paralela, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) muestra que la erosión hídrica afecta más de un millón de kilómetros cuadrados del país.
Las lluvias pueden arrastrar una parte del suelo que tardó siglos en formarse, reduciendo su fertilidad, su capacidad para infiltrar agua y su potencial para almacenar carbono, además de provocar la pérdida de nutrientes que los productores han incorporado a los cultivos.
Factores
De acuerdo con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt), la degradación responde a múltiples factores que interactúan entre sí: la pérdida de cobertura vegetal, la deforestación, el sobrepastoreo, el manejo inadecuado del suelo y los efectos del cambio climático. Sus consecuencias no se limitan a menores rendimientos agrícolas.
Durante años, la salud del suelo se evaluó principalmente mediante sus propiedades físicas y químicas. Hoy la ciencia también puede medir los procesos biológicos que determinan su funcionamiento.
Indicadores
El Cimmyt señala que esa nueva generación de indicadores permite identificar cuándo un suelo comienza a recuperar su capacidad para infiltrar agua, reciclar nutrientes, almacenar carbono y sostener comunidades diversas de microorganismos e invertebrados, como lombrices e insectos, incluso antes de que esos cambios se reflejen en la productividad de los cultivos.
La investigación desarrollada por Cimmyt y sus socios demuestra que esa recuperación es posible. Plataformas de investigación de largo plazo han permitido evaluar cómo evolucionan los suelos bajo distintos sistemas de manejo e identificar las prácticas con mayor potencial para restaurar su funcionamiento.












