El fenómeno migratorio ha convertido a varios municipios de Chiapas y, recientemente Tuxtla Gutiérrez, en un sitio de asentamiento permanente, ya no solo de tránsito.
Lo anterior fue advertido por la profesora e investigadora Elisa García López, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas (Unach).
Los mecanismos existentes para obtener una estancia legal resultan imposibles de cumplir para quien ingresa por la frontera sur, pues exigen visado u oferta de empleo, recursos que la mayoría no posee, dijo.
Ante ese vacío, solicitar refugio se ha vuelto la única vía factible para lograr un estatus regular, sin embargo, García López consideró que esta situación representa una “desnaturalización” al considerar que aunque la mayoría huye de la violencia no necesariamente se cumple con la figura de protección internacional, creada originalmente para casos de persecución o violación sistemática de derechos humanos.
La investigadora subrayó que Chiapas vive un cambio estructural crucial, se ha convertido en un territorio de inmigración y de asentamiento permanente.
No son solo adultos
La presencia de niñas, niños y adolescentes en movilidad ha obligado a crear respuestas específicas. En Chiapas, a partir de 2021 se trabaja en el programa de Educación Migrante, mediante el cual no se revisa su situación migratoria, nivel socioeconómico y el único requisito son las ganas de aprender.
Datos revelados por Martha Lilia Moreno Gómez, coordinadora, detalla que se han atendido a mil 200 niñas y niños en situación de movilidad, originarios de Cuba, Haití, Venezuela, Colombia y África.
Indicó que en estos últimos años la población infantil que atienden ha cambiado: antes la mayoría estaban en nivel primaria, pero últimamente han atendido a más adolescentes en secundaria, siendo alrededor de 450 estudiantes.
El programa tiene instalaciones en diferentes espacios: fincas cafetaleras, albergues, centros asistenciales y otros que se han adaptado para dar una buena atención en distintos municipios, pero principalmente en Tapachula, donde el flujo migratorio es mayor.
Trabajan con 40 docentes quienes atienden los tres niveles: preescolar, primaria y secundaria. Todos se capacitan de manera permanente para poder consultar y estudiar los planes de estudios de los demás países y formar proyectos con base a la Nueva Escuela Mexicana.
También brindan atención a infancias en movilidad interna víctimas de violencia familiar en diversos municipios como Tapachula, San Cristóbal de Las Casas, Comitán, Tuxtla Gutiérrez, Ángel Albino Corzo, Mazatán, Motozintla, Huehuetán y Cacahoatán.
Derecho a la identidad
Paralelamente al acceso educativo, otro de los derechos fundamentales en juego es el de la identidad. El creciente flujo migratorio en la entidad ha propiciado al incremento de registro de hijos de migrantes nacidos en territorio chiapaneco, así lo reveló la directora del Registro Civil en Chiapas, María Dolores Estrada Gordillo.
Para inscribir a un menor hijo de padres extranjeros nacido en Chiapas se requiere presentar el certificado de nacimiento (de hospital o partera), la identificación de los padres (acta de nacimiento o pasaporte) y, en su caso, constancia de origen.
Durante el año 2025 se registraron en Chiapas 2 mil 821 niños y 2 mil 479 niñas, hijos de padres migrantes nacidos en el estado, lo que da un total de 5 mil 300 menores. En lo que va de 2026, se han inscrito 709 niños y 646 niñas, sumando mil 365 registros.
Para el caso de niños nacidos en otro país cuyos padres desean registrarlos en Chiapas, el procedimiento es distinto. Se requiere el acta de nacimiento extranjera actualizada, la cual debe ser apostillada y, si está en otro idioma, puede ser traducida por la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach).
Costo humano y espera incierta
Mientras los derechos se abren paso en papeles y programas, la vida cotidiana de los migrantes asentados en Tuxtla Gutiérrez transcurre entre trabajos precarios y largas esperas.
“El Beto”, como se hace conocer entre sus compañeros del beisbol, es un venezolano de 24 años que tiene más de seis meses viviendo en Chiapas, acompañado de su pareja Dayra y sus amigos Juan y Pedro.
Todos viven del comercio diverso. Juan trabaja en una aplicación repartiendo comida en motocicleta, mientras que Pedro y Beto son ayudantes de albañilería. Dayra vende ropa de segunda mano en una tienda del centro de Tuxtla.
Todos comparten un departamento o casa chica en las afueras de la capital, donde ya tienen amistad con sus vecinos.
El joven, tercer hijo de una familia de seis que dejó en Venezuela, narró que existen diversas comunidades de migrantes en Chiapas.
Consideró injusto el trato que están recibiendo estas minorías por algunos habitantes del estado que los tachan de agresivos.
Reconoció que algún sector ha tenido conflictos con otros trabajadores locales, pero mayormente se trata de disputas de origen común que nada tienen que ver con su nacionalidad.
Contó que ellos llegaron a Chiapas mediante la aplicación CBP One, que es una oportunidad que gestionaban agentes de viajes para que el gobierno de Estados Unidos diera permisos especiales de ingreso.
Sin embargo, consideran que fueron engañados, pues ya es demasiado tiempo esperando. En tanto, dijo Beto, pasan el tiempo jugando beisbol, trabajando y esperando que algo ocurra. Juntar dinero, marcharse en alguna caravana o regresar a su tierra. Pero por ahora solo hay incertidumbre.
Gastronomía como refugio
Ante las dificultades para encontrar empleo formal o continuar su ruta hacia Estados Unidos, decenas de migrantes han optado por emprender pequeños negocios de comida, utilizando la gastronomía de sus países de origen como una forma de subsistencia.
En las esquinas del parque central de Tuxtla Gutiérrez, el aroma de las arepas recién preparadas, los tequeños fritos y las bebidas tradicionales se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.
Personas de distintos países como Venezuela, Colombia y Haití han encontrado en la gastronomía una alternativa para generar ingresos.
La venta de alimentos se ha convertido en una de las principales actividades económicas para las personas migrantes que permanecen temporal o permanentemente en la capital chiapaneca.
Para muchos de ellos, vender comida representa la diferencia entre depender de la ayuda humanitaria o generar recursos propios. “Decidimos preparar la comida que conocemos desde niños; poco a poco nos han recibido”, comentó un migrante de Venezuela.
La presencia de vendedores migrantes ha modificado la dinámica comercial del centro de Tuxtla Gutiérrez. Para los propios migrantes, la cocina se ha convertido en una herramienta de integración y una forma de reconstruir proyectos de vida lejos de casa.












