Si algo queda claro después de ver Bugonia, décimo largometraje del cineasta griego Yorgos Lanthimos (de su primer filme dirigido en solitario, Kinetta, 2005 a su reciente obra mayor Tipos de gentileza, 2024), es que si el guion escrito por Will Tracy no estuviera basado en la cinta coreana de culto Save the green planet! (Jang, 2003), uno podría jurar que esta delirante comedia conspiranoica fue imaginada por el propio director de Pobres criaturas (2023) y por nadie más.
De hecho, Bugonia aparece, de alguna manera, como una temprana suma de muchas de las preocupaciones del más famoso representante de la emblemática Nueva Ola Rara Griega, esa excéntrica corriente fílmica que nos ha ofrecido algunas de las propuestas narrativas cinematográficas más sugerentes en lo que va del siglo.
Aunque la adaptación firmada por el guionista especializado en comedias satíricas Will Tracy sigue con bastante fidelidad la premisa del filme coreano dirigido y escrito por Joon-hwan Jang —un atrabiliario empresario es secuestrado por un resentido exempleado que está convencido de que el desalmado millonario es un alienígena que dirige una invisible invasión interplanetaria—, Lanthimos se ha apoderado de la historia original, llevándola a la orillas de uno de sus intereses más recurrentes: la impávida creación y descripción de unos torcidos mundos cerrados en sí mismos, denominador común de su cine desde la ya mencionada Kinetta.
Además, los pequeños pero significativos cambios argumentales ubican a Bugonia no solo en el presente, sino en el centro del pesimista zeitgeist que domina el aquí y el ahora. Es decir, si Eddington (Ari Aster, 2025) puede verse como una velada alegoría catastrofista de los Estados Unidos de Trump, y Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025) como su esperanzada respuesta revolucionaria, el filme de Lanthimos se nos presenta como el equivalente de una devastadora carcajada negra kubrickiana.
Una adaptación a nuestros tiempos
La película coreana original nos presentaba el secuestro y la tortura del repelente empresario corrupto como una suerte de enloquecido acto justiciero. Aunque el secuestrador no era ninguna blanca paloma, resultaba imposible sentir simpatía por un millonario que se niega a pagarle la cuota completa del estacionamiento a un pobre empleado, que se queja de que su chófer no fue a trabajar ese día por festejar a su mamá y que lanza más insultos clasistas por segundo que un empresario deudor del fisco.
En Bugonia, Lanthimos ha cambiado el sexo de la víctima secuestrada —es una atractiva mujer de penetrante mirada y no un hombre cualquiera con unos kilos de más—, y esta, además, se comporta como cualquier CEO bien entrenado por sus esmerados publirrelacionistas para fingir empatía, escucha activa y hasta genuino interés en lo que dicen los demás, en este caso, el par de pobres diablos que la han secuestrado. Interpretada por esa fuerza de la naturaleza en la que se convierte Emma Stone en manos de Yorgos Lanthimos, la todopoderosa Michelle Fuller puede ser igual de repelente que el empresario del filme original, pero, en contraste, derrocha carisma.
Es un auténtico monstruo, pero es imposible despegar los ojos de ella. Al espectador no le queda la menor duda de que, tarde o temprano, se terminará imponiendo sobre sus secuestradores, el paranoico Teddy (Jesse Plemons) y su ingenuo primo Don (Aidan Delbis).
Lanthimos es un gran director de actores, tanto en encuadres alejados —la secuencia del secuestro de Fuller, en un tono de regocijante y violento slapstick— como en los intercambios verbales entre la dominante empresaria y su mesiánico secuestrador. Como de costumbre tratándose del cine del Lanthimos, la comedia se instala de inmediato en la incomodidad, de tal manera que por cada risotada que suelta el espectador, hay otro momento en el que uno quiere desviar la mirada para no ver lo que está sucediendo en pantalla.
La misantropía de Lanthimos y Tracy en Bugonia no deja títere con cabeza, pues si bien es cierto que no hay nada redimible en la empresaria “comprensiva” y “socialmente responsable”, tampoco hay mucho de dónde asirse en el delirante hombre común interpretado por Plemons. De hecho, la (no tan) sorpresiva vuelta de tuerca del final —idéntica a la del filme coreano— no hace más que subrayar la negra visión fatalista que bien podría haber aplaudido el Kubrick de Dr. Insólito (1964).
Una nueva visión de los mitos griegos
El título, Bugonia, se refiere, por cierto, al mito griego de la regeneración espontánea de la vida a través de la muerte y la destrucción. De acuerdo con Robert Graves (Los mitos griegos, Alianza Editorial, 1985), uno de los muchos hijos de Apolo, Aristeo, logró hacer renacer sus preciados panales de abeja luego de ejecutar cuatro sacrificios de toros jóvenes y cuatro novillas, con sus respectivas libaciones de sangre. Después de dejar a la intemperie los cuerpos yertos de los animales, la vida brotó nueve días después, saliendo un vigoroso enjambre de abejas de los cuerpos putrefactos de las reses sacrificadas.
El humano en su fase decadente
El humano está buscando el origen de sus males afuera, en este caso en la vida extraterrestre, pero esta película no hace más que confirmar que los desastres de las sociedad contemporánea son el resultado de malas decisiones milenarias y así lo explica el personaje de Stone, una mujer cínica, poderosa y completamente individualista. Como su contraparte está el personaje interpretado brillantemente por Jesse Plemons, un hombre herido por la enfermedad de su madre, víctima de las manipulaciones mediáticas y con la esperanza de trascender en un mundo en el que es completamente ignorado.
En este sentido, uno de los puntos más interesantes de la película es la dialéctica que se desarrolla entre ambos caracteres, sus artilugios discursivos y el constante cambio de poder. Además, el filme comparte aspectos temáticos y narrativos con la reciente Eddington de Ari Aster —quien oficia de productor en Bugonia—, ofreciendo una suerte de postura resignada ante el curso del mundo actual, que está abombado de información, siendo imposible distinguir entre humano y extraterrestre, vida y muerte, verdad y ficción. Es el personaje de Stone quien dice, de manera pacífica: “¿Cuál es la diferencia?”, entre estos conceptos, y así ingresa el nihilismo que tiñe ambas películas.
El nihilismo de la cinta no hace de Lanthimos un antihumanista, sino un estudioso de nuestra especie y del funcionamiento de la maquinaria social desde el extrañamiento. Aquello que nos parece cotidiano, el director lo expone desde lo improbable y así logra el distanciamiento necesario para llevar a cabo su crítica social. Así como sus personajes están automatizados por sus objetivos, la película se presenta fría y calculada —otro aspecto que define la obra del realizador—, aunque no por ello menos disparatada y afilada en su sátira.












