Carrie

Carrie

Stephen King tenía apenas 26 años cuando salió Carrie, su primera novela publicada, y han pasado casi 50 años desde que el 3 de noviembre de 1976 Brian De Palma estrenó su aclamada película con Sissy Spacek como Carrie White.

Hoy King tiene 79, De Palma anda por los 86 y es el incansable Mike Flanagan quien tomó la posta y la batuta para, con el aval del escritor (figura como uno de los productores ejecutivos), hacer una versión modelo 2026. Y, contra todos los prejuicios de los más escépticos, hay que admitir que Flanagan ha hecho un buen trabajo adaptando aquella historia a estos tiempos de redes sociales y fake news.

A esta altura de su carrera, Mike Flanagan puede ser considerado como el guionista y realizador más afín al mundo de Stephen King, ya que ha dedicado buena parte de su carrera a rehacer y expandir obras del autor, desde Gerald’s Game hasta La vida de Chuck, pasando por Doctor Sleep. Ninguna de las adaptaciones previas se cuentan entre lo más inspirado de su obra (en ese sentido, Midnight Mass y The haunting of Hill House son mejores), pero no hay duda que el universo de King lo atraviesa, aún cuando no esté adaptando algún libro suyo.

Esta es una Carrie para la época de las redes sociales, del fundamentalismo religioso y de los atentados escolares, lo cual es lo mismo que decir que los problemas que atravesaba la protagonista de la novela y el filme original han aumentado de un modo considerable. Esta versión XXL de Carrie cambia algunas cosas, mantiene otras, expande y agrega aquí o allá, pero en líneas generales se mantiene fiel a los temas del original. Si el bullying era un problema vergonzoso hace medio siglo, ahora es un modo de vida que le permite a algunos hasta ganar elecciones.

Dos grandes aciertos

El primero es inherente a los propios tiempos que corren, pues, a diferencia de lo que ocurría en los años setenta, hay ahora teléfonos móviles y redes sociales, lo que hace que la humillación de Carrie en las regaderas acabe siendo filmada y tomando estado público. El segundo es que la serie se permite explorar más a personajes secundarios y, así como King hacía confluir en Carrie la víctima y el victimario, algo semejante ocurre aquí con las dos grandes villanas de la historia. Margaret White y Chris Hargensen no salen de la nada, sino que cargan respectivamente pasados y herencias familiares que las llevan a ser como son.

Todo eso está muy bien, pero el principal problema es que Flanagan no consigue manejar el equilibrio y tanto las subtramas de ambas mujeres como el exacerbado lugar dado a temáticas sociales muy de actualidad (cyberbullying y violencia escolar, por ejemplo) acaban por fagocitarse a la serie y hacer que Carrie pierda como personaje ese carácter único y especial que tan bien captara el ojo de De Palma en aquella increíble interpretación de Sissy Spacek.

El conflicto interno del colegio, sin ir más lejos, cobra en la serie un carácter mucho más público que en el libro y, aun antes de los sucesos del baile de promoción, alcanza ribetes de violencia que acaparan la atención de los medios.

Nuevos cambios

La serie propone algunos cambios de entrada y no solo de época. Todo aquí empieza con la muerte accidental del padre, muerte que revela la existencia de Carrie y de su madre, Margaret (Samantha Sloyan), que han vivido sin casi salir de su casa. En esta versión no son solo religiosos sino una familia de esas que viven creyendo en cualquier tipo de teoría conspirativa y se preparan como para no tener contacto con nada ni con nadie del exterior. Pero, al morir el padre, el estado obliga a su madre a llevar a Carrie a la escuela y, claramente, la chica no está preparada para esa masacre.

La serie expandirá el rol de sus amigas, sus enemigas, los “chicos malos” que todos conocemos y, sobre todo, de la relación que cada uno de ellos tiene con sus padres. Esta Carrie es una serie sobre esa suerte de maldad que recorre las aulas y los pasillos de las escuelas secundarias —maldad que con las redes sociales creció exponencialmente—, pero más que nada es una historia acerca de los conflictos que genera tener una mala relación con tus padres. O con tus hijos. En ese sentido, la serie de Flanagan busca salvar a sus monstruosos adolescentes de cualquier culpa o pecado.

Casi todo lo que hacen, por horrendo que sea, puede achacársele a sus desentendidos, crueles o religiosos progenitores. Y viendo cómo son algunos de ellos —especialmente Margaret— hay que darle cierta razón.

Un discurso a veces innecesario

El discurso feminista, por otra parte, lo impregna todo y se vuelve cargoso de tan sobreexplicado. Relatos en off nos hablan de supuestos casos psíquicos “reales” que, a lo largo de la historia, fueron protagonizados por mujeres, pero ridiculizados por hombres machistas y represores que los tildaron como falsos.

Si Chris o Margaret son lo que son, la culpa es de los hombres que han pasado por sus vidas, lo cual queda burdamente estereotipado en el caso de la primera, cuyo padre es corrupto y manipulador, mientras que su madre es buena y comprensiva. Están separados, claro…

Pero aun con todo eso, no llegamos a lo peor, que es la ausencia de terror en una serie que se supone del género. Los preparativos del baile, fundamentales en la historia, pasan aquí a toda prisa y, lejos de constituir su llegada el clímax de la misma, termina por el contrario siendo un momento de lo más insulso, sin atmósfera, tensión ni suspenso. Ojalá Flanagan hubiera aprendido algo de De Palma, a quien solo le alcanzó con centrar nuestra atención en un balde para lograr todo eso.