El drama

El drama

Un proyecto de A24. Ari Aster como uno de los productores. Una pareja muy fotogénica compuesta por dos estrellas como Zendaya y Robert Pattinson que se han caracterizado por elegir en los últimos años unos cuantos papeles de cierto riesgo. Un guionista y director europeo como el noruego que siempre la ha jugado de audaz y desafiante.

El resultado es El drama, una película cool y canchera, despiadada hasta coquetear con la crueldad, a la que se le notan los hilos, una suerte de film del Dogma 95 solo que tres décadas después y con muchísimo más presupuesto. Como siempre, todo es cuestión de apreciación y sobre todo de sensibilidades: la mayoría de las críticas ya publicadas han sido escritas desde la fascinación; esta, casi desde la irritación.

Secretos y mentiras

Hay películas que nos incomodan porque constituyen un espejo que nos refleja y esa imagen puede resultarnos deformada. Ingeniosa, negra y agresiva como es (o pretende ser) en su cuestionamiento de la masculinidad tóxica y la inseguridad masculina (rayana con el pánico) frente a los mandatos y discursos de época, los reparos hacia El drama por parte de un varón cis podrían ser adjudicados precisamente a la forma de interpelarnos, a su capacidad de provocación.

Puede ser que haya algo de eso (todos cargamos con prejuicios y estigmas), pero mientras veía el filme sentía el cálculo, veía las costuras, sufría la manipulación (a los actores, a los espectadores). No entré en sus códigos, no me interesó su universo yuppie de jóvenes burgueses que sufren en medio de la abundancia, no me conmoví con sus penurias, sus contradicciones, sus miserias, sus bajezas; ni tampoco le encontré la mordacidad que casi todos exaltan a la hora de describir el absurdo de una boda de esas dimensiones y características.

Está claro que Borgli —como Ruben Östlund, como Thomas Vinterberg, como Christoffer Boe y tantos otros directores escandinavos— es un cineasta con ideas y capaz de construir escenas potentes, de profundas implicancias psicológicas (incluido el abuso sexual) y también es cierto que Zendaya y Robert Pattinson se han consustanciado con la propuesta y dado lo mejor de sí mismos para dotar de cierta carnadura emocional a los personajes de Emma y Charlie para mantener el filme a flote, pero este termina siendo un tratado moral dominado por el cinismo sobre la angustia existencial, sobre los secretos y mentiras, y sobre la culpa demasiado recargado y por momentos tramposo.

Una película que puede ser arte

Es vital para una película, como expresión de arte, generar una reflexión. Y El drama (The drama), de un cineasta que suele dar de qué hablar, tiene ese potencial. Pero también hay que tener cuidado al caminar la línea entre la discusión o el debate reflexivo, y la reacción que nos enfrasca en discursos infértiles y cámaras de eco, en las que el marketing tiende a ser gasolina para el fuego.

Tomemos, por ejemplo, la discusión en redes sociales que se abocan a analizar quién es el villano o villana de esta historia, con una miopía a un fracaso tal de la vinculación afectiva en casi todos los frentes narrativos, que si alguien como Bell Hooks la viera, se nos vuelve a morir. O, si vamos un poquito más lejos, a que la película roza peligrosamente con la trivialización de ese evento detonante casi por puro sensacionalismo.

Una sorpresa genial

No podemos revelar de qué se trata el secreto de Emma, pero El drama es una sorpresa inesperada. Al igual que su trama, es un enlace entre la tragedia y la comedia negra, una tragicomedia que provoca al público con su giros mordaces. Las interpretaciones de Robert Pattinson y Zendaya son brillantes, reafirmándose como los mayores talentos de su generación. Borgli destaca como escritor y narrador visual, trasladando al espectador al pasado y presente de los protagonistas, reflejando todos los miedos y las dudas de este futuro matrimonio.

Se posiciona como una pieza cinematográfica imprescindible de 2026, no solo por el magnetismo de su elenco estelar, sino por la agudeza con la que Kristoffer Borgli disecciona la intimidad moderna. Al centrar la trama en una confesión inoportuna, la película logra que el espectador se cuestione si la honestidad radical es un acto de liberación o un sabotaje, transformando una comedia romántica en un inquietante estudio sobre la percepción y la identidad.