Jurassic World: renace

Jurassic World: renace

Jurassic World: renace comienza con un prólogo que se lleva a cabo diecisiete años en el pasado, en el que vemos como un laboratorio secreto en una isla cerca a la Guayana Francesa experimenta con dinosaurios, creando terribles mutaciones que, claramente, no serían aptas para ninguno de los parques originales de la compañía Ingen.

Ya en el presente, vemos a Zora Bennett (Scarlett Johansson), una mercenaria sorprendentemente amable, siendo contratada por Martin Krebs (Rupert Friend), quien trabaja para una multimillonaria farmacéutica, interesada en utilizar el ADN de dinosaurio para desarrollar nuevos medicamentos con el potencial de curar males cardíacos que normalmente cobran miles de vidas cada año.

Es así que convencen a nuestra protagonista de ir a la isla secreta del prólogo para buscar a tres especies específicas de dinosaurio, para que puedan extraerles muestras de sangre y traerlas de vuelta a la ciudad. ¿Su motivación para ir a este horrible lugar? Millones de dólares.

Travesía

En su aventura la acompañan el paleontólogo Henry Loomis (Jonathan Bailey, de Wicked); el capitán de barco Duncan Kincaid (Mahershala Ali); el exsoldado Bobby (Ed Skrein), y un par de personajes más de poca personalidad. Pero como se trata de una película de la franquicia “jurásica”, también seguimos a una familia de civiles que de pura casualidad y luego de ser atacados por dinosaurios marinos, se terminan uniendo al grupo de Zora.

Están el papá Rubén (Manuel García-Rulfo); su hija pequeña (Audrina Miranda); su hija adolescente (Luna Blaise), y el pastrulo del enamorado de esta última (David Iacono). Y como se deben imaginar, las cosas no salen tan bien como le hubiese gustado a Zora, lo cual motiva a todos estos personajes a intentar sobrevivir en la isla, con la esperanza de ser rescatados por un helicóptero de la única base de Ingen que todavía sobrevive. Pero aparte de los dinosaurios regulares, también se encuentran los mutantes ya mencionados, y más importante: un monstruo enorme llamado distortus rex, que por supuesto termina teniendo un rol importante (y espantoso) hacia el final de la película.

Puede que al ser resumida, Jurassic World: renace suene emocionante, pero lamentablemente el producto final no lo es tanto. Y de hecho, debería quedar claro ya que la cinta usa exactamente los mismos recursos que varias de las entregas previas: niños en peligro, personales aparentemente despiadados que cambian de opinión, representantes de una corporación que terminan siendo tan horribles como uno se hubiese imaginado, y por supuesto, dinosaurios creados a través de la experimentación genética.

No hay nada nuevo acá, y además, nada de lo que el guionista David Koepp (el responsable del guion de la primera película, lo crean o no) logra cambiar resulta particularmente intrigante.

Un gusto en lo visual

Además, al cinta se ve beneficiada por el trabajo de Gareth Edwards, un director al que siempre le he tenido un particular cariño. Desde su original Monsters hasta Rogue One y la infravalorada Resistencia, el británico cineasta siempre ha sido capaz de crear mundos visualmente ricos, de mucha textura y verosimilitud. Y Jurassic World: renace no es la excepción.

Da gusto ver un blockbuster contemporáneo donde la imagen tiene textura y hace uso de sombras profundas, alejándose muchísimo del aspecto lavado que muchas producciones multimillonarias recientes tienen. La dirección de fotografía de John Mathieson (Gladiador y su secuela), quien lo filmó todo en celuloide de 35 mm, es verdaderamente impresionante, y ayuda a que los efectos visuales prácticamente perfectos se vean incluso más creíbles.

Las criaturas aquí son gloriosas, desde un t-rex adormilado a lo largo de un lecho de río hasta los que se retuercen en el mar, puro músculo y peso. Un punto culminante es un par de titanosaurus de cola larga entrelazando sus cuellos mientras suena la familiar partitura de John Williams, dos amantes con piel gruesa y nudosa completamente ajenos a los molestos humanos que quieren algo de ADN.

Por alguna razón, los dulces son un punto de referencia a lo largo de la película, desde la secuencia de apertura en la que un envoltorio de Snickers extraviado causa un daño incalculable, hasta el regaliz alimentado a un bebé dinosaurio y la afición de un personaje por masticar Altoids.

El ritmo de Edwards es perfecto, permitiendo que el temor se acumule solo con el susurro de los árboles, y dejando que los personajes se profundicen entre secuencias de acción filmadas de manera excelente y sin aliento. El hermoso paisaje —las cascadas de Tailandia, las llanuras cubiertas de hierba, las cuevas de la costa y los manglares— debería usarse para una campaña turística, bueno, siempre y cuando eliminen a las bestias rapaces de otra época.

Si todo esto no fuera suficiente, hay un extra al final. La instalación de investigación, que fue abandonada hace años, estaba cruzando especies de dinosaurios y creando “monstruos genéticamente alterados” que deambulan. Algunos parecen un híbrido de pavo-murciélago-raptor —asqueroso y aterrador— y uno es un t-rex de 20,000 libras con una cabeza deformada y un rugido horrible. Es como obtener una película de monstruos gratis.

En muchos sentidos, el equipo detrás de Jurassic World: rebirth está tratando de hacer lo mismo que sus mercenarios: volver al código fuente para recapturar la magia del original de 1993 de Steven Spielberg. Han logrado hacerlo de manera emocionante.