Treinta años después de su estreno, La sal de la tierra (función de Pascua) regresa con una claridad que no depende de la nostalgia. La creación de Lourdes Lecona (Ciudad de México, 1953), que recrea la tradición de Semana Santa, conserva su origen en una investigación iniciada en 1991, cuando la iconografía y la música se convirtieron en punto de partida para construir una mirada sobre la religiosidad compartida. “La dramaturgia y el contexto de la obra mantienen la idea original, en la que se fusionan lenguajes fraternos de la danza, como la flamenca y contemporánea, junto con músicos extraordinarios de la primera”, señaló la coreógrafa en entrevista con La Jornada.
Cada lenguaje conserva su lugar, sin perder identidad ni fuerza en el diálogo escénico.
Reviven la historia
El reencuentro con el público comenzó en el Teatro de la Danza Guillermina Bravo del Centro Cultural del Bosque, donde se presentó la obra en 1996. La temporada se inscribe en ese aniversario y en la trayectoria de la compañía Caña y Candela Pura, fundada por Lecona en 1989.
La maestra destacó la permanencia de la estructura original: “Se mantienen la estructura escénica y los diseños coreográficos, con especial atención en el paso de la procesión que acompaña a la saeta, ese cante profundo y doloroso que se convierte en lamento y quejío”.
En ese trazo, la voz sostuvo el paso del Cristo doliente, interpretado por Alejandro Ruiz desde el estreno, y marcó uno de los ejes centrales de la producción. La procesión ordena el recorrido. La saeta guía al Cristo mientras nazarenos avanzan entre tambores sevillanos y trompetas, con la participación de Marco Noria y Fernando Castañeda en percusión. Los signos se repiten y se transforman, con solemnidad y ritmo que sostienen la ceremonia.
Una imagen definió el tono de la coreografía. Lecona recordó el hallazgo: “Recurrí a la investigación iconográfica y encontré una pintura del siglo XVIII en la que Santa Clara de Montefalco era seguida por cinco monjas agustinas cargando cruces”. La referencia se volvió movimiento y derivó en una coreografía donde el dolor se asumió como penitencia para redimir los pecados del mundo.
Las monjas acompañan a Cristo y María, amplifican su presencia y trasladan la acción a un plano compartido. La danza de María, interpretada por Carmen Correa, retoma la base original creada en los años 90 por Silvia Unzueta; algunos movimientos se modificaron sin perder el trazo simbólico.
La concepción de la obra
El proyecto se gestó durante un curso de producción para danza impartido por el maestro cubano Orlando Taquechel en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su primer montaje se realizó con el Grupo Sonacai Flamenco antes de integrarse a Caña y Candela Pura.
En escena participan más de 25 artistas de tres generaciones, con música en vivo de Alberto Solís (cante), Daniel Soledad (guitarra) y Adrián Molina (percusión). El programa incluye Aire canastero, pieza que retoma la raíz festiva del flamenco. “Es como regresar al origen, donde los gitanos continúan cantando y bailando con su forma particular”, comentó Lecona. “Cuando una obra permanece guardada, solo tiene vida en los recuerdos; al remontarla, se activan los porqués de nuestros caminos. Este regreso mantiene una intención precisa: compartir emociones con el público y ofrecer la experiencia viva de la danza”.












