2016 fue un gran año para la animación japonesa. Se estrenaron Your name (Kimi no na wa), En este rincón del mundo (Kono sekai no katasumi ni) y A silent voice (Koe no Katachi). Tres películas hermosas y emocionantes que, como el cine asiático en general, nos llegan tarde y mal, con escasas copias.
Una voz silenciosa está basada en el manga homónimo escrito y dibujado por Yoshitoki Oima, un éxito de ventas que ha sido adaptado al cine por el estudio Kyoto Animation. La dirección corre a cargo de Naoko Yamada, que previamente había realizado otros dos largometrajes, K-On!: la película (Eiga Keion!, 2011) y Tamako love story (Tamako rabu sutori, 2014).
La mirada de esta autora, muy preocupada por el mundo interior de sus personajes y la captura de sus emociones, es para mí una de las grandes razones por las que no hay que perderse Una voz silenciosa. Yamada ha declarado que va más allá del bullying y la discapacidad de una de sus protagonistas, y tiene razón, si bien gran parte de su historia gira en torno a estos temas. Concretamente, a las consecuencias de dos actos de acoso escolar.
¿De qué trata?
El filme arranca presentando a Shoya Ishida, que como adolescente intenso que es, está pensando en el suicidio. Vemos que ha trazado un plan perfecto, pero no llega a dar el paso. A partir de ahí se alternan flashbacks sobre la etapa escolar, donde vemos el origen de las razones que le han llevado a querer quitarse la vida, con escenas del presente donde Shoya acude al instituto; durante esta transición, el chico pasa de acosador a acosado.
Todo empieza con la incorporación al colegio de Shoko Nishimiya, que sufre hipoacusia. A pesar de sus esfuerzos por integrarse y hacer amigos, la niña es maltratada de forma psicológica y física, especialmente por Shoya aunque enseguida se muestra que su actitud es animada y respaldada por el resto de la clase, que además excluye a una compañera por querer ayudar a la recién llegada. Ambas se marchan, y entonces es el turno de Shoya, quien es acusado de maltratador y queda aislado. Con los años desarrolla un fuerte sentimiento de culpa y es incapaz de relacionarse con los otros estudiantes.
Mientras las dificultades que tiene Shoya para comunicarse son transmitidas a través del sonido, la incapacidad que adquiere Shoya se ilustra tachando los rostros de sus compañeros de instituto. La realizadora acentúa esta limitación plasmando cómo el chico desvía la mirada constantemente a los zapatos.
Los esfuerzos de Shoya por sobrellevar su situación lo llevan a aprender el lenguaje de signos (un aspecto muy cuidado por la directora) para intentar acercarse a la víctima de sus acciones en el pasado; emprende así el camino para la redención. A través de su viaje contemplamos la evolución de los demás personajes, sus conflictos y sus anhelos, plasmados con elegancia y sensibilidad por una autora interesada en los detalles que delatan emociones e intenciones.
No es un cuento sobre el acoso, la discapacidad o el karma, no se queda en mostrar cómo Shoya aprende la lección; su premisa sirve a Yamada para trazar un auténtico drama de madurez. Una historia sobre un grupo de adolescentes que aprenden a vivir consigo mismos, a perdonarse, que se esfuerzan por ser mejores con los demás, que aprecian la amistad que les une y que deciden seguir descubriendo el mundo juntos.
Con este propósito, Naoko Yamada desvía la narración de la trama para que observemos aspectos de la vida diaria de sus protagonistas, de su rutina, sus comportamientos y relaciones, llegando a crear personajes y entornos tan cercanos y auténticos que parecen reales. Es asimismo muy llamativo el esfuerzo de la directora por hacernos partícipes de lo que sienten sus personajes a través de todos los recursos a su alcance, desde la animación a la música de Kensuke Ushio.












