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Hoy Escriben - Catón

De política y cosas peores

En el asiento trasero del automóvil de él tuvo lugar el acto de amor al amparo del umbrío y solitario paraje llamado El Ensalivadero, lugar de encuentros pasionales para amantes que no pueden pagar un cuarto de motel, cuyo precio se ha elevado a raíz del conflicto en Irán. Acabado el trance (el del Ensalivadero, no el de Irán) el viripotente novio le preguntó a su pareja: “¿Quieres otro?”. “Sí -respondió ella-, pero no está en la ciudad”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, amaneció de mal humor aquel día, y despidió a su mucama por una falta menor. Le dijo: “Y ni pienses que te recomendaré con mis amigas”. “No importa -respondió la fámula-. El señor ya me tiene muy recomendada con sus amigos”. En la misa de bodas el padre Arsilio le preguntó a la novia: “¿Prometes amar y respetar a tu marido, acompañarlo en la salud y la enfermedad, y serle fiel hasta que la muerte los separe?”. Acotó la muchacha: “Son demasiadas cosas. Que escoja una de las tres”. Don Algón es lo que en pasados tiempos se llamaba un viejo rabo verde. A pesar de sus años -muchos ya- no ha perdido el gusto por “la tónica tibieza mujeril” que dijo Ramón López Velarde. Recordemos en este punto a aquel curita joven a quien asediaban las tentaciones de la carne. Le preguntó lleno de angustia a su director espiritual, un anciano sacerdote: “Dígame, padre: ¿cuándo se acaba en el hombre el deseo de la mujer?”. “Mira, hijo -respondió el sabio varón-. Por lo que he aprendido en los sagrados libros; por mis lecturas de los Padres de la Iglesia, pero sobre todo por mi propia experiencia, puede decirte que ese deseo se acaba unos 15 días después de que te has muerto”. Pero vuelvo al relato que empecé y debo terminar. Don Algón invitó a cenar en restorán a Terebinta, damisela de abundosas prendas corporales, si bien de las espirituales no andaba muy sobrada. El senescente caballero pensó ofrecerle un café a su invitada. Le preguntó, obsequioso: “Y ahora, linda, ¿qué te parecería un exprés?”. “Está bien -accedió ella-. Lo haré tan aprisa como pueda”. El novio de Glafira tenía fama de estar algo aireadito. Eso se dice en los pueblos del norte de los débiles de mente, pues se piensa que cuando estaban en el vientre de su madre les entró aire. Fue a pedir la mano de su novia, pero don Poseidón, el papá de la muchacha, rechazó la petición. Le dijo al solicitante: “No quiero que mi hija pase la vida en compañía de un idiota”. Replicó el galancete: “Precisamente para evitar eso vengo a pedir su mano”. Eso me hace evocar a Pico della Mirandola, florentino, (1463-1494), quien fue un niño prodigio de las matemáticas, la música y la astronomía. Tenía 5 años de edad cuando un cierto cardenal les dijo a los papás del chamaquito: “Los niños prodigios, cuando crecen, se vuelven idiotas”. Al punto comentó el chiquillo: “Entonces Vuestra Eminencia debe haber sido un gran niño prodigio”. El secretario de Trump le indicó en el Salón Oval de la Casa Blanca: “El botón rojo es para lanzar los proyectiles nucleares, y el botón verde es para encender la luz en el jardín. Por favor, señor presidente, no se vaya a equivocar”. El cuentecillo que cierra hoy el telón de esta columna no es un verdad un cuentecillo, tanto que no le entendí cuando tuve conocimiento de él. Consiste en una frase a la cual se le van quitando, una por una, las palabras que la forman, y todo se deja a la imaginación de quien lo lee. He aquí esa frase, y la manera en que las palabras van desapareciendo: “Ay, Afrodisio, así no se puede. Ay, Afrodisio, así no sé. Ay, Afrodisio, así no. Ay, Afrodisio, así. Ay, Afrodisio. Ay. FIN.

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

Historias de la creación del mundo

Cuando el Señor hizo a la jirafa no tenía el cuello largo.

(La jirafa, digo, no el Señor).

Tenía el cuello corto, igual que los otros animales.

Pero la jirafa sintió la tentación de ver qué había al otro lado del alto muro que circundaba el paraíso terrenal.

Así, fue estirando el cuello, y estirándolo, y estirándolo, hasta que alcanzó a asomarse por encima de la pared.

El Señor observó lo que la jirafa había hecho. Fue hacia ella y le preguntó lleno de ansiedad:

-¿Qué hay del otro lado?

¡Hasta mañana!

Manganitas

Por AFA

“Claudia Sheinbaum fue a España”.

Más de alguno pedirá

de manera muy vehemente

-ya saben cómo es la gente-

que se quede por allá.