En La República, Platón propone una cuestión que sigue teniendo eco siglos después: ¿cómo debe organizarse una sociedad para que la justicia no sea una promesa abstracta, sino una práctica cotidiana?
Su respuesta parte de una idea sencilla y exigente a la vez: cada quien debe cumplir su función dentro de un orden que priorice el bien común por encima del interés individual. No se trata de un orden rígido, sino de un equilibrio entre autoridad, virtud y propósito colectivo.
Platón entendía que ese equilibrio no era automático. Requería reflexión y, sobre todo, conciencia del momento histórico que se vive. Algo similar ocurre hoy en el escenario internacional: las naciones buscan redefinir su papel en un mundo marcado por la incertidumbre, la competencia y la erosión de reglas que parecieron incuestionables durante décadas.
El Foro Económico Mundial de Davos se asemeja a esa gran asamblea platónica en la que se discuten las bases del orden. Es un espacio donde confluyen intereses y visiones, donde se ponen a prueba las ideas de justicia, cooperación y soberanía.
Davos revela el estado de ánimo del mundo. Es, en muchos sentidos, una radiografía del momento económico y político global. Y este año el Foro confirmó que el llamado nuevo orden dejó de ser una noción teórica.
Lo que antes era consenso hoy es debate. Y, en ese contexto, algunos discursos llamaron la atención, sobre todo por su claridad, como fue el del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien se atrevió a nombrar lo que muchos perciben, pero pocos dicen: el orden liberal internacional, tal y como lo conocemos, ya no funciona.
Al señalar que las grandes potencias utilizan aranceles y cadenas de suministro como instrumentos de presión, puso sobre la mesa una realidad incómoda para economías abiertas e interdependientes.
Su llamado a las denominadas potencias medias tuvo especial relevancia. Con la frase “si no estás en la mesa, estás en el menú” advirtió que la pasividad tiene costos en un mundo donde la geopolítica avanza sin freno.
Otro elemento que dio fuerza a su discurso fue la defensa de la soberanía de territorios pequeños frente a presiones externas. Y envió un mensaje claro: la autonomía no es negociable, sin importar el tamaño o el peso geopolítico.
¿Por qué captó la atención mundial? Porque rompió con la nostalgia política. “La nostalgia no es una estrategia”, dijo, recordando que no se puede volver al viejo orden, sino diseñar uno nuevo más justo.
Para México, esta radiografía exige prudencia. La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara en mantener una postura mesurada y atenta a lo que ocurre.
Nuestro país no puede aislarse, pero tampoco precipitarse. Representar al pueblo de México implica tomar decisiones con serenidad, entendiendo que cada movimiento en el tablero internacional tiene consecuencias.
Esa mesura es un activo. Mientras otros optan por la confrontación retórica, México ha preferido escuchar, analizar y actuar con base en el interés nacional.
No es pasividad, sino responsabilidad. En un entorno donde las tensiones comerciales, los conflictos y la crisis climática se entrelazan, la prudencia se convierte en una forma de liderazgo.
El nuevo orden mundial está en construcción. Es un hecho que no tiene ya margen de duda. Sin embargo, todavía no sabemos cuál será su forma final. En cambio, lo que sí sabemos es que exigirá claridad, serenidad y compromiso con el bien común.
México, con el liderazgo de la presidenta, ha optado por ese camino. Esa es, hoy por hoy, la mejor manera de representar a nuestro pueblo en un escenario internacional que nos demanda cabeza fría y visión de futuro.








